Rodas fue, en otra época, un puerto importante en
el Mediterraneo, privilegiado para comerciar con Grecia, el Asia Menor
y con Egipto. Es por ello que la isla era codiciada por otras potencias.
El rey Demetrio I Poliarcetes de Macedonia, conocido por su experiencia
en el arte militar especialmente en los asedios, decidió atacar
Rodas. Sin embargo, la ciudad resistió los embates de este temible
guerrero, quien finalmente se retiró.
Para
celebrar el triunfo la ciudad decidió erigir un monumento memorable
a Helios, dios del Sol, y situarlo en el puerto para que todo aquel que
llegase pudiese verlo.
Se encargó el proyecto del Coloso al arquitecto Cares de Lindo,
discípulo de Lisipo y a Laches. Se construyó un armazón
de hierro y sobre él se fijaron las placas de bronce. Para darle
estabilidad se llenó hasta la cintura con ladrillos y, cuando estuvo
acabado, en el 284 a. J. C , el Coloso medía 32 metros y pesaba
70 toneladas. Cares de Lindo terminó suicidándose bajo la
presión de no estar seguro de poder lograr la estabilidad de la
estatua.
Por una escalera desde el interior se podía acceder a la cabeza
y en la llamada Torre de Fuego se encendían cada noche enormes
hogeras para guiar a los barcos.

El Coloso de Rodas se convirtió en una de las cinco Maravillas
del Mundo que había hasta el momento y centenares de viajeros de
todas partes acudían a Rodas para contemplar el coloso con sus
propios ojos.
Pero tan solo 56 años después de su construcción
el Coloso fue derribado por un terremoto. Siguiéndo los designios
de un oráculo el pueblo de Rodas dejó al Coloso ahí
donde había caído. Y durante muchísimos años
más los restos del Coloso siguieron siendo visitados por miles
de personas. Se dice que sólo unos pocos podían rodear con
sus brazos el mayor de sus dedos.
El
Coloso yació durante casi novecientos años allí donde
cayó hasta que en el 654 d. de C. los musulmanes se apoderaron
del bronce como botín en una incursión.
En estos momentos, se planea la construcción de un nuevo coloso
de Rodas.
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