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Los primeros Juegos Olímpicos se celebraron en
el 776 a.C. y durante los dos siglos posteriores fueron creciendo en importancia
pasando de ser una celebración local a un gran acontecimiento que,
cada cuatro años, reunía los diversos estados del mundo
helénico.
Aunque inicialmente las pruebas eran atléticas
con el tiempo se celebraron desde carreras de carros hasta competiciones
de música y poesía. El evento adquirió tanta importancia
que se convirtió en centro de reunión donde nobles y embajadores
firmaban tratados, comerciantes hacian negocios y poetas y escultores
acudían en busca de mecenas.

Más de mil años después de la primera
celebración, en el 393 d.C., los juegos sucumbieron al emperador
cristiano Teodosio que, empeñado en suprimir las celebraciones
paganas, hizo destruir los templos. Después vinieron los efectos
de la invasión romana, los terremotos y finalmente el cambio del
cauce del rio Alfiós, que anegó el centro religioso.
Olimpia quedó sepultada bajo 7 metros de sedimentos,
oculta al paso de los siglos, hasta que volvió a ver la luz cuando
se excavó en 1870.
Hoy en día el yacimiento es uno de los
más visitados del país.
La entrada discurre junto a la muralla del recinto sagrado
y pasa por delante de varios edificios públicos y oficiales. Entre
ellos destaca el estudio de Fidias, famoso escultor del siglo V a.C. al
que se le encargó el templo de Zeus y al que también le
debemos el Partenón
de Atenas.

El templo de Zeus, construido entre los años 470
y 456 a.C., es el mayor templo de todo el recinto y albergaba en su interior
una solemne estatua de Zeus, hecha en oro y mármol por el mismo
Fidias, que custodiaba la llama sagrada durante la celebración
de los juegos.
Sus columnas, hoy tumbadas en el suelo, permiten hacerse
una idea del tamaño del mismo y en el museo arqueológico
de Olimpia (al otro lado del aparcamiento) se guardan buena parte de los
conjuntos escultóricos que adornaban el templo. Junto a él
está el templo de Hera, algo más pequeño pero en
mejor estado. El templo de Hera fue el primer edificio que se alzó
en el recinto (s. VII a.C.) y conserva, actualmente, algunas de sus columnas
aún en pie.
Pero lo más importante y atractivo que se puede
visitar en Olimpia es la sencilla pista donde se llevaban a cabo las pruebas.
Más pequeña de lo que cabía imaginar conserva intactas
las lineas de salida y de llegada de las carreras, así como una
pequeña muestra de las gradas que, en la antigüedad, podían
albergar hasta 30.000 espectadores.
Muy cerca de las ruinas, al otro extremo del aparcamiento,
se encuentra el excelente Museo Arqueológico de Olimpia. En él
se pueden ver los citados conjuntos escultóricos del templo de
Zeus, cascos, cabezas de bronce, objetos relacionados con los juegos y
diversas estatuas y estatuillas que, antiguamente, decoraban la ciudad
de los atletas y de las cuales muchas tienen un carácter especialmente
sexual. Sin olvidarnos, por supuesto, de la excelente estatua de Hermes
sosteniendo a Dionisio y llevándoselo a las ninfas, obra de Praxíteles.
Para muchos la mejor pieza del museo.
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