

El ágora de Atenas era el centro de la actividad comercial, social
y política de la antigua ciudad de Atenas. Era, entre otros, el
lugar donde los atenienses se reunían para discutir sus leyes y
decidir el futuro político de su ciudad, el cual solía depositarse
en manos de aquellos que mejor dominasen el arte de convencer. La filosofía
de Sócrates, o, con más exactitud, los inmortales diálogos
platónicos (y la academia de Platón, cuyas puertas estuvieron
abiertas durante más de ocho siglos) le dieron a nuestra forma
de pensar, unas bases imperecederas, nacidas en el seno de un grupo de
amigos de la sabiduría que se oponía a aquella democracia,
del ágora, que dejaba el futuro de la ciudad en manos de sofisticados
oradores.

Allí se encontraban templos dedicados a los dioses olímpicos,
a Hefestos, a Zeus y a Apolo.
También estaban las cortes donde se celebraban juicios y donde
condenaran a Sócrates a pena de muerte por, según sus acusadores,
corromper a los jóvenes e introducir dioses nuevos.
El ágora ateniense se convirtió en una zona residencial
durante las ocupaciones romana y bizantina. Lo cual se vio indiscutiblemente
en las nuevas formas implantadas en cuanto al arte de discutir.
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